La pregunta es difícil, porque el estilo de Jesús tiene muchas expresiones y de seguro todas ellas favorecen la evangelización.  Te ofrezco tres expresiones que de alguna manera reflejan el estilo de Jesús.

La primera nos presenta un estilo muy necesario que Él nos lo manifestó especialmente cuando abría su corazón. Se encuentra en el Evangelio de san Mateo, quien nos ofrece una frase de oro o como decía un famoso biblista, una perla preciosa, que refleja el corazón de Cristo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas” (Mt 11, 25 – 29).

Se trata de una de esas oraciones explícitas de Jesús, llamada una bendición (Te bendigo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra…). Es como un himno de alabanza, gratitud y alegría que asciende a Dios desde su corazón y desde el corazón de sus discípulos.

Jesús presenta aquí su “corazón” que, en el lenguaje bíblico, designa la interioridad profunda, y en este autorretrato brillan aquellos dos adjetivos: “manso y humilde”. No por casualidad, se representa con anterioridad a la muchedumbre de los “agobiados y oprimidos” que acudían a Cristo, y él los acoge y los trata como verdaderos interlocutores y amigos. Sabemos, en efecto, que en torno a él, durante su existencia terrena, se habían agolpado siempre enfermos, marginados, prostitutas, publicanos y pecadores… Los labios y las manos de Jesús se reservaron para palabras y hechos de amor y ternura para los golpeados por todo tipo de mal.

La segunda expresión proviene del Evangelio de Juan. Estamos en Jerusalén, al atardecer de un día de primavera. En una casa, en el piso superior, un hombre rodeado de algunos amigos, consume una cena solemne. Sus palabras han dado comienzo a ese banquete. Sus palabras han dado comienzo a ese banquete. Son las palabras testamento de Jesús: “Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.  Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por sus amigos” (Jn 15, 12 – 13).

Dos son las luces ideales que rigen esta frase.  Ante todo el ejemplo sobre el que se modela el amor exigido al discípulo de Jesús.  En el Antiguo Testamento se exigía “amar al prójimo como a uno mismo” (Lv 19, 18). Ahora, en cambio, observamos la siguiente variación: no ‘como a uno mismo’, sino “como yo los he amado”. Es una invitación a tener un amor perfecto, como el propio Dios (Mt 5, 48). La segunda luz que se entrecruza con la primera es que el amor cristiano debe ser absoluto, dispuesto a llegar a la máximo donación.  Piensa en una mamá que frente al hijo, cuya vida corre peligro, no duda en poner en peligro su propia vida, olvidando aquel amor a sí misma que también es grande.  Este es el amor más grande y de él dio prueba Jesús, pocas horas después sobre la colina de las ejecuciones capitales, en el Gólgota.

La tercera expresión es muy alentadora para quienes nos dedicamos a la misión evangelizadora.  Se trata de las últimas palabras de Jesús que hacen ver su corazón universal  y el campo planetario que tienen los discípulos para llevar el evangelio: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos…”. “Miren, yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19 – 20).

En este momento no tiene lugar un simple encuentro con Jesús como tantos otros a lo largo de su vida. Ahora acontece una aparición pascual del Resucitado a quien se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.  Él hace ver una actitud universal, sin fronteras. Por eso les dice: “Hagan discípulos” que es una expresión muy diferente a la de enseñar, y añade inmediatamente: “a todos los pueblos”. Ten en cuenta que Jesús no dice: “de todos los pueblos”, casi como pidiendo que de cada pueblo surjan algunos discípulos sino que él quiere la evangelización del pueblo entero, de sus culturas, de sus instituciones, no solo de algún representante.

Finalmente, está la promesa de Jesús resucitado de estar siempre con nosotros hasta el fin del mundo.  Este fin del mundo no es simplemente el fin de los tiempos sino el cumplimento de esa meta final hacia la que converge toda la historia de la salvación.  Podrías descubrir en el evangelio muchas otras actitudes que ayudan a completar el cuadro del estilo de Jesús.  Yo te he presentado tres: la primera que tiene que ver con los más necesitados, a quienes Jesús ponía mucha atención; la segunda, con el amor que ha movido a Cristo hasta darse todo por nosotros y que nos es presentado como un ejemplo que hay que seguir; y la tercera, con la plataforma universal donde debemos realizar la acción evangelizadora: todo el mundo y todos los hombres.  Al fin de cuentas, tanto amó Dios que envió a su Hijo para salvarlo.

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