Hecho Humano

óbolo de san pedro
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Hecho humano

Una madre da la vida, lleva en su vientre durante nueve meses al propio hijo y después lo abre a la vida, generándolo.
Al nacer, al llegar a este mundo somos integrados a una familiar. Una madre no se limita a dar la vida, sino que, con gran cuidado ayuda a sus hijos a crecer, les da leche, los alimenta, les enseña e camino de la vida, los acompaña siempre con sus atenciones, con su afecto, con su amor, también cuando son mayores. Una madre sabe también corregir, perdonar, comprender, sabe estar cerca en la enfermedad, en el sufrimiento. Nuestra madre carnal es especialmente la que nos acompaña, orienta, nos conduce a dar los primeros y siguientes pasos en nuestra existencia.

Así es la Iglesia, nos genera en la fe por obra del Espíritu Santo que la hace fecunda. La Iglesia como buena madre hace lo mismo: acompaña nuestro crecimieno transmitiendo la Palabra de Dios que es una luz que nos indica el camino de la vida cristiana, mostrándonos a Jesús, el rostro misericordioso del Padre, administrando los sacramentos. La Iglesia madre nos alimenta con la Eucaristía, nos lleva el perdón de Dios a través del sacramento de la Reconciliación y Penitencia, nos sostiene en el momento de la enfermedad con la Unción de los enfermos. La Iglesia nos acompaña en toda nuestra vida de fe, en toda nuestra vida cristiana.

Por lo general todos recordamos nuestra fecha de nacimiento, celebramos nuestro aniversario, el cumpleaños. ¿Cuántos cristianos recuerdan la fecha de su bautismo? La fecha del bautizo es la fecha de nuestro nacimiento a la Iglesia, ¡la fecha en la que nuestra madre Iglesia nos ha dado a luz!

Por otra parte, ¿amamos la Iglesia como se ama a la propia madre, sabiendo también comprender sus defectos?

TEXTO BÍBLICO

Mateo 16, 13 – 19

«Tras llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos respondieron: «Unos que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros que Jeremías o uno de los profetas». Él les preguntó: «Pero ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». A esto replicó Jesús: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo».

PARA REFLEXIONAR


Después de un considerable tiempo de estar con sus discípulos, Jesús quiso hacer una «evaluación» acerca de lo que la gente y los discípulos pensaban de Él: «¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre?» Las referencias no se hicieron esperar: unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, Jeremías o uno de los profetas. Seguidamente Jesús se dirige a sus discípulos y les pregunta, y ustedes, «¿Quién dicen que soy yo?». Las respuestas a la primera pregunta afloraron rápidamente. Sobre la segunda sólo Simón Pedro, guiado por el Padre del cielo, hace una profesión de fe: «Tu eres el Cristo, el hijo de Dios vivo».

Efectivamente, conocemos la respuesta escueta e impetuosa de Pedro: ‘Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo'(Mt 16, 16). Para que nosotros podamos dar una respuesta, no solo en términos abstractos, sino como una experiencia vital, fruto del don del Padre (Mt 16, 17), cada uno debe dejarse tocar personalmente por la pregunta que hoy le dirige el mismo Jesús: y Tú, ¿Quién dices que soy? Tú, que oyes hablar de Mí, que has pronunciado mi nonmbre, que has recibido el Bautismo, que has sido insertado en mi Iglesia, responde: ¿Quien soy yo de verdad para tí?

El nombre ‘Jesús’, considerado en su significado etimológico, quiere decir ‘Yahveh (Dios) libera’, salva, ayuda. También nosotros, para llegar a una confesión más consciente de Jesucristo, hemos de recorrer como Pedro un camino de escucha atenta, diligente. Hemos de ir a la escuela de los primeros discípulos, que son sus testigos y nuestros maestros, y al mismo tiempo hemos de recibir la experiencia y el testimonio nada menos que de más de veinte siglos de historia surcados por la pregunta del Maestro y enriquecidos por el inmenso coro de respuestas de fieles de todos los tiempos y lugares: mártires, confesores de la fe, nuestros padres y abuelos y tantos otros que a lo largo de la historia, principalmente con su ejemplo de vida nos han mostrado el rostro de Jesucristo.

Ante Jesucristo, no podemos contentarnos con una simpatía simplemente humana por legítima y preciosa que sea, ni es suficiente considerarlo sólo como un personaje digno de interés histórico, social o como fuente de inspiración artística. Podemos correr el riesgo de reducir el Evangelio a nuestra medida y hacernos un Jesús más cómodo, negando su divinidad trascendente, o diluyendo su rel, histórica humanidad, e incluso manipulando la integridad de su mensaje especialmente si no se tiene en cuenta ni el sacrificio de la cruz, que domina su vida y su doctrina, o sin tener en cuenta la Iglesia que Él instituyó como su ‘sacramento’ en la historia. Ella es su esposa, la que él amó y se entregó por ella (Ef 5, 26).

Algunos dicen hoy «Cristo sí, pero Iglesia no». Esto es una contradicción, ues Cristo y la Iglesia son inseparables. «Ante la tentación, muy presente en la cultura actual, de ser cristianos sin Iglesia y las nuevas búsquedas espirituales individualistas, afirmamos que la fe en Jesucristo no llegó a través de la comunidad eclesial, y ella nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica» (Benedicto XVI).

En el designio de Dios estaba el que Pedro fuera el encargado de custodiar la Iglesia de Cristo: «Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Es la Iglesia de Cristo. Pedro y sus sucesores, junto con los sucesores de los demás Apóstoles a lo largo de la historia de la Iglesia tendrán la misión de custodiar, orientar, guiar la Iglesia de Cristo. Él lo dijo enfáticamente: «MI IGLESIA». Es de Él, de Cristo, y nosotros no somos más que servidores y administradores (1Cor. 4, 1-4). Pedro a lo largo de lo siglos ha tenido un sucesor, 266 hasta el momento; hoy Pedro, es Francisco, el actual Papa.

Jesús manifiesta el deseo de permanecer por siempre con la humanidad constituyendo la Iglesia. Jesús la lama «mi Iglesia». ES la Iglesia de Cristo, la que ha permanecido a lo largo de los siglos y no es la Iglesia fundada por aquel Fulano, Perano, Menengano… No nace por iniciativa de un hombre «iluminado» como aparecen tantos hoy. Pedro y los sucesores recibieron la Iglesia de Cristo y el sucesor de Pedro, el Papa, garantiza su unidad.

La Iglesia tiene su origen en el misterio de la Santa Trinidad. Creer en la Iglesia es inseparable de la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo: «como el Padre me envió (a Cristo), así los envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados les quedan perdonados, a quienes se los retengan les quedan retenidos» (Jn 20, 21 – 23). Para penetrar en el misterio de la Iglesia conviene contemplar su origen dentro del designio de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo, Espíritu Santo) y su realización progresiva en la historia. Decía san Cipriano: «No puede tener a Dios por Padre, quien no tiene la Iglesia por Madre» (San Cipriano de Cartago, De Ecclesiae catholicae unitate, 6: PL 4, 503A).

Además el mandaato de Jesús para la Iglesia es claro: ir a evangelizar con la promesa de que la asistirá a lo largo del tiempo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan pues y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y estén seguros que yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 16 – 20). Con este mandato Jesús confirma aquello para lo que llamó a los Apóstoles: estar con Él y ser enviados a predicar (Mc 3, 13).

El Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino. Ante todo, está la elección de los Doce, con Pedro como su Cabeza (Cf Mc 3, 14 – 15). Ellos son los cimientos de la nueva Jerusalen (Cfr. Ap 21, 12 – 14). Los Apóstoles y sus inmediatos sucesores, según consta por la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición, fueron designando nuevos Obispos: Pablo, Timoteo, Tito, Ignacio de Antioquía, Policarpo de Esmirna y muchos otros, quienes a su vez eran ayuadados por los presbíteros y diáconos.

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