Notas distintivas de la Iglesia

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Notas distintivas de la Iglesia

En el Credo profesamos 4 notas distintivas de la Iglesia de Cristo: La Iglesia es Una, es Santa, es Católica y es Apostólica: estas cuatro notas, inseparablemente unidas entre sí, indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión. La Iglesia no las tiene por ella misma. Es Cristo, quien por el Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser Una, Santa, Católica y Apostólica.

La Iglesia es UNA. Y lo es debido a su origen, el modelo es la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo. ES una, debido a su Fundador, el Hijo. Es una debido a su Alma: el Espíritu Santo que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia. Jesús pidió al Padre la unidad de sus discípulos: «Que todos sean uno para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).

¿Cómo puede ser una, si está esparcida por todo el mundo? Una respuesta concisa la encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica, que afirma: «la Iglesia católica extendida en todo el mundo tiene una sola fe, una sola vida sacramental, una sucesión apostólica única, una esperanza común, la misma caridad» (n. 161). Es una hermosa definición, clara, nos orienta bien. Unidad en la fe, en la esperanza, en la caridad; unidad en los sacramentos.

Dondequiera que vayamos, incluso en la parroquia más pequeña, en el último rincón de la tierra, está la única Iglesia; nosotros estamos en casa, estamos en familia, estamos entre hermanos y hermanas. ¡Y esto es un gran regalo de Dios! La Iglesia es una sola para todos. No hay una Iglesia católica para los europeos, para los asiáticos, para los que viven en Oceanía. No es una Iglesia para el Caribe, otra para los antioqueños, para los santandereanos, para los boyacenses… ¡NO!, es la misma en todas partes. Es como una familia: se puede estar muy lejos, esparcidos por todo el mundo, pero los profundos lazos que unes a todos los miembros de la familia permanecen intactos. Si tengo un hermano de sangre en Australia, sigue siendo mi hermano. Así sucede en la Iglesia.

San Ignacio de Antioquía, un Obispo de los primeros siglos de la Iglesia, insistía con frecuencia sobre la necesidad de mantener la unidad de la Iglesia. Así lo expresa, por ejemplo, a los fieles de Filadelfia: «Ustedes que son hijos de la luz y de la verdad, huyan de toda división y de toda doctrina perversa; a donde va el pastor, allí deben seguirlo las ovejas. Todos los que son de Dios y de Jesucristo viven unidos al Obispo; y los que arrepentidos, vuelven a la unidad de la Iglesia serán también porción de Dios y vivirán según Jesucristo. No se engañen hermanos míos, si alguno de ustedes sigue a alguien que fomenta el cisma no poseerá el Reino de Dios; el que camina con un sentir distinto al que la Iglesia no tiene parte en la pasión del Señor» (S. Ignacio de Antioquía, Carta a los filadelfios, cap. 1,1-2,1; Funk 1, 226 – 229).

Esta unidad queda expresada en detalles tan visibles como su Liturgia. En la Iglesia católica tenemos un calendario litúrgico que nos ayuda a santificar el tiempo durante todo el año: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua, Tiempo Ordinario. Es hermoso saber que diariamente, los católicos de todo el mundo, en la Liturgia, estamos celebrando el mismo acontecimiento. En diversas lenguas se están escuchando los mismos textos de la Palabra de Dios cuando se celebra la Eucaristía.

La Unidad de la Iglesia está garantizada por los vínculos visibles de comunión: la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles, la celebración común del culto divino, la sucesión apostólica por el sacramento del Orden y una cabeza visible en la tierra, sucesor de Pedro, el Papa.

La Iglesia es SANTA. Nuestra fe confiesa que la Iglesia es santa. Cristo amó a su Iglesia como su esposa, se entregó por ella para santificarla. En sus miembros, la santidad perfecta está todavía por alcanzar.

Pero ¿en qué sentido la Iglesia es santa si vemos que la Iglesia histórica, en su camino a lo largo de los siglos, ha tenido tantas dificultades, problemas, momentos oscuros? ¿Cómo puede ser santa una Iglesia hecha de seres humanos, de pecadores? ¿Hombres pecadores, mujeres pecadoras, sacerdotes pecadores, monjas pecadoras, Obispos pecadores, laicos pecadores? Todos ¿Cómo puede ser santa una Iglesia así? No es santa porque sus miembros los seamos, ese es el ideal y el llamado del Señor. Pero la Iglesia es santa porque su fundador es Santo, porque tiene los medios para otorgarnos santidad: la Palabra, los Sacramentos, la enseñanza continua del Magisterio, el testimonio de tantos hermanos que han alcanzado la santidad.

Para responder a la pregunta quisiera guiarme de un fragmento de la Carta de san Pablo a los cristianos de Éfeso. El Apóstol, tomando como ejemplo las relaciones familiares, afirma que «Cristo ha amado la Iglesia y se ha dado a sí mismo por ella, para hacerla Santa» (5, 25 – 26). Cristo ha amado la Iglesia, donándose todo de sí mismo sobre la cruz. Y esto significa que la Iglesia es santa porque procede de Dios que es Santo, le es fiel y no la abandona en poder de la muerte y del mal (cf. Mt 16, 18), está unido de forma indisoluble con ella (cf. Mt 28, 20); es santa porque está guiada por el Espíritu Santo que la purifica, transforma, renueva. No es santa por nuestros méritos, sino porque Dios la hace santa, es fruto del Espíritu Santo y de sus dones. No somos nosotros los que la hacemos santa. Es Dios, el Espíritu Santo, que en su amor hace santa a la Iglesia.

Decía el Papa Francisco en una intervención espontánea en el Sínodo de los jóvenes: «la madre es santa. La madre no se toca, no se debe ofender. La Iglesia como madre es santa. Quienes la hacemos quedar mal somos los hijos, pero ella, la Iglesia, esposa de Cristo, es madre, es santa».

El Señor nos quiere parte de una Iglesia que sabe abrir los brazos para acoger a todos, que no es la casa de pocos, sino la casa de todos, donde todos pueden ser renovados, transformados, santificados por su amor, los más fuertes y los más débiles, los pecadores, los indiferentes, aquellos que se sienten desalentados y perdidos. La Iglesia ofrece a todos la posibilidad de recorrer el camino de la santidad, que es el camino cristiano: nos hace encontrar a Jesucristo en los sacramentos, especialmente en la confesión y en la Eucaristía; nos comunica la Palabra de Dios, nos hace vivir en la caridad, en el amor de Dios hacia todos. Preguntémonos, entonces: ¿nos dejamos santificar? ¿Somos una Iglesia en la que se vive el amor de Dios, en la que hay atención hacia el otro, en la que se reza los unos por los otros?¿En la que recibimos con alegría los sacramentos?

La Iglesia es CATÓLICA. Creo en la Iglesia, una, santa, católica… ¿qué significa católico? Viene del griego «kath’olón» que significa «de acuerdo con el todo», la totalidad. En ese sentido, esta totalidad se aplica a toda la Iglesia.

La palabra católica significa entonces universal, en el sentido de según la totalidad. La Iglesia es católica en un doble sentido: es católica porque Cristo está presente en ella. «Allí donde está Cristo Jesús, está la Iglesia Católica» (San Ignacio de Antioquía). Y es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a la totalidad del género humano: «Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos» (Mt 28, 16ss). La Iglesia es católica por su misión y no hay necesidad de que la Biblia diga en alguna parte la palabra «católica», sino que el nombre se desprende de la misión universal a la que ha sido enviada. La Iglesia católica se hace real en la Iglesia particular que se llama Diócesis. En nuestro caso es la Arquidiócesis de Tunja.

La Iglesia es católica porque es el espacio, la casa en la que se anuncia toda la fe, en la que la salvación que Cristo nos ha traído se ofrece a todos. La Iglesia nos hace encontrar la misericordia de Dios que nos transforma, porque en ella está presente Jesucristo, que le da la verdadera confesión de fe, la plenitud de la vida sacramental, la autenticidad del ministerio ordenado. En la Iglesia, cada uno de nosotros encuentra lo que es necesario para creer, para vivir como cristianos, para ser santos, para caminar en todos los lugares y en todas las épocas.

En la Iglesia podemos escuchar la Palabra de Dios, seguros de que es el mensaje que el Señor nos ha dado; en la Iglesia podemos encontrar al Señor en los sacramentos que son ventanas al Señor por donde se nos da la luz de Dios, arroyos de los cuales tomamos la misa vida de Dios; en la Iglesia aprendemos a vivir en comunión el amor que viene de Dios. La Iglesia es católica porque es la casa de todos: todos somos hijos de la Iglesia y todos estamos en esa casa.

La Iglesia es católica porque es universal, se extiende por todo el mundo y anuncia el Evangelio a todos los hombres y todas las mujeres. La Iglesia no es un grupo élite, solo para unos pocos. La Iglesia no tiene cierres, es enviada a todo el mundo, a toda la humanidad. Y la única Iglesia está presente incluso en las partes más pequeñas de la misma, en los pueblos mas humildes y lejanos.

Todos podemos decir: en mi parroquia está presente la Iglesia católica, porque ella también es parte de la Iglesia universal, porque también tiene la plenitud de los dones de Cristo, la fe, los Sacramentos, el ministerio; está en comunión con el Obispo, con el Papa y está abierto a todos, sin distinción.

Sentirnos que todos estamos en misión, pequeñaso grandes comunidades, todos tenemos que abrir nuestras puertas y salir para anunciar el Evangelio. Preguntémonos entonces: ¿qué estoy haciendo para comunicar a los demás la alegría del encuentro con el Señor, la alegría de pertenecer a la Iglesia? ¡Proclamar y dar testimonio de la fe no es una cuestión de unos pocos, se refiere también a mí, a ti, a cada uno de nosotros!

La Iglesia es APOSTÓLICA. La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los Apóstoles, y esto en un triple sentido. 1) Fue y permanece edificada sobre el fundamento de los Apóstoles (Efesios 2, 20). 2) Guarda y transmite con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las buenas palabras oídas de los Apóstoles. 3) Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral, los Obispos.

Profesar que la Iglesia es apostólica, significa hacer hincapíe en la relación constitutiva que esta tiene con los apóstoles, con ese pequeño grupo de doce hombres que un día Jesús llamó a Él, los llamó por su nombre, para que permanecieran con Él y para enviarlos a predicar (cf. Mc. 3, 13 – 19). «Apóstol», de hecho, es una palabra griega que significa «mandado», «enviado». Un apóstol es una persona que es enviada, y enviada a hacer algo; y los Apóstoles fueron escogidos, llamados y enviados por Jesús para continuar su obra; es decir para rezar, esas es la primera tarea de un apóstol, y segundo, para proclamar el Evangelio. Es es importante, porque cuando pensamos en los Apóstoles, podríamos pensar que ellos fueron enviados solo para anunciar el Evangelio, para hace muchas obras. Pero en los primeros días de la Iglesia habia un problema porque los Apóstoles debían hacer muchas cosas y luego formaron a los diáconos, para que los Apóstoles tuvieran más tiempo para orar y proclamar la Palabra de Dios.

Cuando pensamos en los sucesores de los apóstoles, los Obispos, incluido el Papa, porque él también es un Obispo, debemos preguntarnos si este sucesor de los apóstoles primero que todo ora y luego proclama el Evangelio: esto es ser apóstol y por esta razón la Iglesia es apostólica.

La Iglesia es apostólica porque está fundada en la oración y la predicación de los Apóstoles, en la autoridad que les fue dada por el mismo Cristo. San Pablo escribe a los cristianos de Éfeso: «ustedes son conciudadanos de los santos y miembros de Dios, edificados sobre el fundamento de los Apóstoles y profetas, teniendo como piedra angular al mismo Cristo Jesús» (Ef. 2, 19 – 20). Compara a los cristianos con piedras vivas que forman un edificio que es la Iglesia, y este edificio está fundado sobre los apóstoles, como columnas, y la piedra que sostiene todo es Jesús mismo.

¡Sin Jesús no puede existir la Iglesia! ¡Jesús es la base misma de la Iglesia, el fundamento! Los Apóstoles vivieron con Jesús, escucharon sus palabras, compartieron su vida, sobre todo han sido testigos de su muerte y resurrección. Y la Iglesia es como una planta que ha crecido a lo largo de los siglos, se ha desarrollado, ha dado sus frutos y sus raíces están firmemente plantadas en Él, y la experiencia fundamental de Cristo que han tenido los Apóstoles, elegidos y enviados por Jesús, permanece hasta nosotros. Desde esa pequeña planta hasta nuestros días: así es la Iglesia en todo el mundo.

La Iglesia es apostólica porque es enviada a llevar el Evangelio a todo el mundo. Continúa en el camino de la historia la misma misión que Jesús confío a los Apóstoles: «Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto les he mandado. Y he aquí que estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt. 28, 19 – 20). ¡Esto es los que Jesús nos dijo que hiciéramos! Estas órdenes siguen vigentes, no han cambiado. En este aspecto de la actividad misionera, porque Cristo invita a todos a «ir» al encuentro con los demás, nos envía, nos pide movernos para llevar la alegría del Evangelio.

La Iglesia tiene sus raíces en la enseñanza de los Apóstoles, verdaderos testigos de Cristo, pero mira hacia el futuro, tiene la firme conciencia de ser enviada por Jesucristo, de ser misionera, llevando el nombre de Jesús a través de la oración, el anuncio y el testimonio. Y recordémoslo: Iglesia es Apostólica porque oramos – primera tarea -, y porque proclamamos.

En el servicio apostólico, es conveniente no dejarse cautivar por palabras bonitas, por curaciones «a la carta», por aceites bendecidos y otras cosas ofertadas hoy que no son de la esencia de la fe.

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