Reflexión dominical 16 de Julio

Se reunió mucha gente, subió a una barca y se puso a hablarles en parábolas 

Desde el inicio de su predicación Jesús había proclamado una buena noticia:  “El reino de los cielos está cerca”.  Él mismo con sus hechos encarnaba esa cercanía transformadora de Dios.  Por eso mucha gente se sentía atraída por Él y sus enseñanzas. El relato de hoy se sitúa en la región de Galilea (al norte de Israel), junto a Cafarnaúm, a orillas del lago Tiberíades.  Para que todos lo vean, Jesús sube a una barca usándola como tarima.  Y para que su mensaje llegue a todos, narra parábolas, con  imágenes sencillas y concretas tomadas de la vida cotidiana.

“Salió el sembrador a sembrar…”

Con la imagen de la siembra, Jesús se refiere a Dios que esparce la semilla de su Palabra. Pero también puede decirse que el sembrador es Jesús.  Si la Palabra de Dios es como la lluvia que moja la tierra, podemos decir que el Espíritu Santo, es el agua que nos hace tierra fértil y nos renueva para dar fruto, de acuerdo con nuestras posibilidades. 

Otra imagen llena de significado es la que presenta san Pablo: “La creación entera…gime y sufre dolores de parto”(…), y “también  nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos esperando que el Padre nos conceda la perfecta adopción y redención”.  Esto nos da a entender que Dios mismo, con su acción salvadora espera que produzcamos frutos de vida eterna.

El terreno donde cae la semilla 

El campo para la siembra es la humanidad.  Hay distintos terrenos, unos inhábiles para que germine la semilla, otros dispuestos a recibirla y hacerla fructificar. En el caso que una persona sea un  terreno inhábil, Dios puede transformarla en tierra buena. Por eso Jesús invita, a cada uno, a examinar nuestra vida y preguntarnos qué tipo de terreno somos.

¿Soy como el terreno situado al borde del camino, no puede retener la semilla y se queda en la superficie al no tener el espacio que necesita para germinar? ¿Soy como el terreno rocoso, escucho la Palabra de Dios, la acepto, pero me falta constancia y me desanimo ante cualquier dificultad? ¿Soy como el terreno lleno de espinas, con apego a lo material: el hambre de dinero, las pasiones desordenadas, la vanagloria y la ambición de poder? ¿O soy tierra fértil, acojo con plena disponibilidad la Palabra de Dios, esforzándome por entenderla y hacerla fructificar en la práctica?

Dios mismo nos fecunda con la acción de su Espíritu Santo para ser tierra buena. Para ello, tenemos que dejarnos arar, abonar y regar por Él.  Con la intercesión de María santísima, pidámosle al Señor que derrame su Espíritu, y renovemos ante Cristo la disposición a dejarnos trabajar y ser terreno apto para dar frutos de vida eterna.

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