Un ministro de la Iglesia Latinoamericana debe pronunciarse y tomar posición sobre asuntos sociales, económicos, culturales muy concretos en que está en juego la liberación del hombre y la causa de los oprimidos, que es la cara histórica de la causa del Evangelio. Este es un acto puramente pastoral, pero que tendrá muchas veces consecuencias políticas.

 

Por razón de su consagración primordial al ministerio del Evangelio y de la reconciliación, el sacerdote latinoamericano debe mantenerse normalmente independiente de los partidos, movimientos o programas políticos.  Esta independencia no debe confundirse con la indiferencia o la neutralidad ante la situación política de su país; no significa que no deba conocer y evaluar las ideologías políticas de su patria, simpatizar con una más que con otras, o definirse en las elecciones; no significa que no está comprometido en la causa de los pobres.  Pero esta independencia es necesaria precisamente para mantener su libertad de crítica profética ante cualquier ideología o situación contingente. El Profeta debe ser libre y la Palabra de Dios no debe estar atada.  Los partidos políticos atan, limitan la libertad crítica.

 

Su independencia es necesaria desde el momento en que es ministro de una Iglesia que no propone un sistema o programa de doctrina o acción social, sino una crítica liberadora, una mística del hombre y de la vocación de la sociedad, y una espiritualidad de la Esperanza para acompañar a los cristianos comprometidos.

 

Hoy día, sacerdotes en trabajos sociales o de “periferia”, o responsables de la pastoral de grupos muy homogéneos, politizados o radicalizados, se ven envueltos en situaciones particularmente difíciles. Se ven a veces afrontados a acompañar a esos grupos en actitudes políticas definidas, a nombre de ese mismo compromiso que han predicado e inculcado.  Hay cristianos que esperan como testimonio del sacerdote que este pase de “concientizador” a “militante”. Lo mismo podría decirse del caso de sacerdotes en que grupos humanos sin posibilidad de formación ni de acción social y política esperan de él una función supletoria en lo político; o bien del caso en que en una situación concreta no aparece sino una alternativa política consecuente con un compromiso con la justicia.

 

En estos casos -no tan raros por estos días en nuestro país- debe procederse igualmente con criterio misionero. ¿Cuál  es la actitud que aquí y ahora favorece el testimonio y la misión? Las soluciones son siempre complejas, hay que darlas para cada caso -es muy diverso el caso de un párroco de un ambiente pluralista y el un asesor universitario donde los estudiantes militan en un solo movimiento político- y requieren sobre todo una gran responsabilidad pastoral, sentido de Iglesia y una cierta competencia política.

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