En el corazón de este domingo, Jesús se pone en movimiento. No es un paso casual: «»tomó la firme decisión de ir a Jerusalén»» (v. 51). Imaginémoslo: avanza sin saber lo que encontrará, con el rostro orientado hacia el destino más doloroso y glorioso. Consciente de su misión, resuena en su mente ese latido: el Reino debe anunciarse.

Lo sorprendente es cómo no está solo. Lo acompañan Santiago y Juan, quienes, contrariados por el rechazo de un pueblo samaritano, proponen una solución violenta. Jesús, con la paciencia de quien conoce la última palabra del Padre, responde: no estamos para destruir, sino para sanar y construir puentes. ¿Cuántas veces en nuestras familias, barrios o parroquias hemos reaccionado con dureza? Él nos invita a la misericordia activa, sin arrebatos.

Luego vienen tres respuestas que claman por reflexión:

«Te seguiré adonde vayas» dice uno, pero Jesús le recuerda que no hay descanso garantizado, ni casa propia: «el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (v. 58). Es un llamado a abandonar el confort, a caminar sin seguridades.

«Déjame despedirme de mi familia» responde otro. Jesús no menosprecia el vínculo de sangre, pero prioriza el Reino: «Deja que los muertos entierren a sus muertos… ve y proclama el Reino de Dios» (v. 60). Suena duro, pero nos hace preguntarnos: ¿en qué estamos poniendo nuestra fe, en la rutina o en el Reino que exige todo?

Por último, alguien pide tiempo para sembrar su cosecha, pero Jesús avisa: «quien pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás, no sirve para el Reino de Dios» (v. 62). El seguimiento exige mirada al frente; el corazón vuelve atrás se desanima, pierde el ritmo.

Hoy, desde nuestra experiencia en Tunja – con jóvenes que buscan su camino, familias que luchan por la subsistencia, comunidades que esperan una palabra de aliento – Jesús nos hace esta pregunta: ¿qué estás dispuesto a entregar por seguirlo?
Puede ser tiempo, energía, proyectos personales. Quiere un seguimiento sin reservas, sin mirar atrás, sin agarraderas. Y, aunque exige, empodera: quienes se arriesgan descubren que Dios provee, fortalece, acompaña y transforma.

Aplicación pastoral:

Invitemos a los jóvenes a dejar zonas de confort para servir con entusiasmo en catequesis, voluntariados y misiones.

Fomentemos en las familias parroquiales momentos de discernimiento: ¿qué estamos priorizando, el bienestar material o la construcción del Reino?

Organicemos retiros o jornadas de silencio para que cada corazón afronte su propio ‘arado’ y decida si sigue sin mirar atrás.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

También te puede interesar

¿Qué tiene que ver el Evangelio con Jesucristo?

Viendo una película ya por cuarta vez, un hombre le dice al…

Preparación de la Asamblea parroquial 2024

Durante el mes de agosto y septiembre, la Arquidiócesis de Tunja realizará…

Miércoles de Ceniza 2024

El miércoles de ceniza; los cristianos, al recibir la ceniza, entran en…