Hacerse siervo de Dios implicaba en el Antiguo Testamento, ser fiel a la Alianza sellada por Dios con Israel, ser fiel a la Ley dada por Dios a Moisés, aceptar libre y amorosamente su Plan. El profeta Isaías se reconoce a sí mismo como siervo de Dios. El haber sido hecho por Dios para ser su siervo implica un llamado por parte de Dios para cumplir una misión. El elegido es libre de aceptar o rechazar ese llamado, para bien de muchos o para perdición del pueblo. Más aún, de la fidelidad a su vocación y a su misión depende también que la salvación de Dios «alcance hasta el último extremo de la tierra».

Cada uno nacemos con una vocación, sellada por Dios en lo más profundo de nuestro ser. Esta vocación, implica una misión y tarea que cumplir en el mundo. Su aceptación trae la realización humana al llamado y la salvación para todos. En cambio, la rebeldía y rechazo de la propia vocación y misión dada por Dios traen al llamado un profundo desgarro interior, falta de paz, sufrimiento, y un gran vacío.

Además del llamado particular que Dios hace a cada uno, existe un llamado universal: todo ser humano es llamado a ser santo. La santidad es realizar en sí mismo el amoroso proyecto divino. Mas cada cual debe responder desde su libertad si acepta o no esta invitación de Dios, si confía en Él o prefiere confiar en ídolos. Ídolos que prometen la felicidad al ser humano pero que no hacen sino llevarlo al fracaso existencial, a la propia destrucción. La santidad es una respuesta afirmativa a Dios y a su amor. Es a ese don al que cada cristiano deberá responder desde la propia libertad rectamente ejercida.

El Señor Jesús tiene una vocación y misión que cumplir en el mundo. Juan el Bautista da testimonio de Jesús y lo presenta ante el pueblo de Israel como Aquel que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan revela de este modo su identidad y misión. El Cordero de Dios es también el Siervo de Dios por excelencia, y como Siervo responde a su vocación que cumple amorosamente con la misión confiada por su Padre. De este modo la salvación de Dios alcanza «hasta el último extremo de la tierra», a los hombres y mujeres de todos los pueblos y tiempos.

Ha pasado ya el tiempo intenso de Navidad. Empezamos un nuevo tiempo litúrgico llamado “tiempo ordinario”. El cambio en el color de la casulla que utiliza el sacerdote lo indica visiblemente. La casulla blanca usada en el tiempo de Navidad quiere simbolizar la luz radiante que brota del Niño, «Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo». En el “tiempo ordinario” se utiliza la casulla verde, color que significa esperanza y vida, porque las enseñanzas del Señor que escucharemos Domingo a Domingo son justamente fuente de esperanza y vida eterna para nosotros.

Al decir tiempo ordinario no hay que entender que se trata de un tiempo común y corriente, sino de un tiempo en el que Domingo a Domingo se va avanzando ordenadamente en la lectura del Evangelio correspondiente para meditar en las enseñanzas y obras del Señor Jesús a lo largo su ministerio público. Quien va acompañando al Señor en su predicación y lo escucha para procurar poner en práctica sus enseñanzas en la vida cotidiana, descubrirá en Él la fuente de una profunda esperanza y de la vida verdadera, vida que se prolongará por toda la eternidad: «el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn 4,14).

Este segundo Domingo del tiempo ordinario,  escuchamos a Juan el Bautista,  dar testimonio de Jesús, que después de ser bautizado inicia su ministerio público. El Bautista presenta al Señor Jesús como el Mesías prometido por Dios para que sea acogido y escuchado por todos aquellos que esperaban su venida.

También a cada uno de nosotros en el hoy de nuestra propia historia y en las circunstancias concretas de nuestra vida, Juan el Bautista señala al Señor Jesús como el Enviado del Padre, Aquel que Dios envía para perdonar los pecados y reconciliarnos con Él, con cada uno, con los hermanos y con toda la creación. El Señor Jesús no es un profeta más, un gran sabio como otros, sino que Él es el Hijo del Padre, Dios de Dios, Dios que por nosotros se hizo hombre para reconciliarnos y elevarnos a nuestra verdadera grandeza humana. En Él, el ser humano se comprende a sí mismo, su misterio, su grandioso origen y su glorioso destino. Es, por tanto, a Él a quien hay que conocer y escuchar, a Él a quien hay que amar y seguir confiada y decididamente.

El Señor nunca tendrá un lugar central en nuestra vida si no lo amamos con todo nuestro ser, incluso más que la propia vida y más que a los que más amamos. Este amor al Señor se nutre, crece y madura en el trato diario con Él, en la oración perseverante, y se expresa en los sacrificios que estoy dispuesto a asumir por Él.

Por otro lado, nadie ama a quien no conoce. Para amar al Señor es necesario conocerlo, y para ello la Iglesia «recomienda insistentemente a todos sus fieles… la lectura asidua de la Escritura para que adquieran “la ciencia suprema de Jesucristo”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2653). No podemos olvidar que «ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo» (San Jerónimo).

Quien conoce y ama a Jesucristo verdaderamente, quien lo escucha, quien le cree y confía en Él, quien se abre a la fuerza transformante de su Espíritu, buscará en lo cotidiano hacer lo que Él le diga, buscará ser siervo o sierva de Dios, buscará responder a su llamado a la santidad, buscará responder a su vocación particular cumpliendo la misión que Dios le encomienda realizar en el mundo, para bien de muchos. 

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