Reflexión dominical 23 de julio

El  Evangelio nos ofrece tres parábolas con las que Jesús enseña cómo actúa Dios en nuestra vida.  Jesús había proclamado que el Reino de los Cielos podía llegar al interior de cada persona y de cada comunidad humana que reconociera su necesidad de salvación.  Veamos cómo podemos aplicar a nuestra vida lo que nos enseña Jesús, teniendo también en cuenta las otras lecturas bíblicas. 

  1. Buena semilla y cizaña: el Reino de Dios y el misterio del mal en el mundo 

Nos  preguntamos por qué  Dios permite el mal, por qué los corruptos prevalecen sobre las personas honestas.  La primera reacción es el deseo de acabar con esa “cizaña” o mala hierba que no deja crecer las semillas del bien.  Pero se presenta la actitud de Dios que “en el pecado da lugar al arrepentimiento”, y como lo describe el Salmo, es “clemente y misericordioso, lento a cólera, rico en piedad”. 

Esta actitud la muestra con su ejemplo el Jesús, quien en lugar de querer la aniquilación de las personas que obran el mal, ofrece la oportunidad de cambiar de comportamiento, encarnando  al  mismo Dios de quien los profetas del Antiguo Testamento habían dicho que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.  Esa misma actitud es la que Él espera de sus discípulos, en contra de la mentalidad llamada “limpieza social”, que es una tentación que siempre debemos rechazar si queremos ser  auténticos seguidores de Cristo.  

El Dios que Él nos revela no es un guerrero vengador, es un Padre abierto a la reconciliación, al que necesitamos reconocer  en las situaciones contradictorias. Pero a través de la parábola de la cizaña Jesús anuncia también que vendrá un momento decisivo en el que cada quien recibirá el pago merecido. Porque será el bien el que triunfe sobre el mal. 

  1. El grano de mostaza y la levadura: el Reino de Dios comienza por lo sencillo 

Las otras dos parábolas invitan a la paciencia, y por eso mismo a la confianza en Dios, que sabe esperar a que lo comenzado en una semilla muy pequeña o con un poco de levadura, termine en el árbol frondoso o en el pan compartido por muchos. 

El Reino de Dios comienza por lo pequeño,  humilde y sencillo, va creciendo gracias a la acción continua y pacientemente transformadora de su Espíritu Santo.  Las parábolas del grano de mostaza y de la levadura son una invitación a no desanimarnos a pesar de la sensación de la lentitud con que parece obrar Dios en medio de un mundo que le rinde culto a la eficiencia instantánea y mágica del éxito fácil inmediato y sin esfuerzo. 

  1. “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad” 

San Pablo dice: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.  Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios”. 

Es una invitación a confiar en el poder de su amor, para no desanimarnos en la disposición a crecer espiritualmente, aun en medio de las dificultades y a pesar de las fuerzas negativas del mal.  Jesús nos enseñó a  orar diciendo: “venga a nosotros tu Reino”.  Necesitamos que su Espíritu Santo nos haga comprender esta petición pidiendo lo que nos conviene y que no sabemos pedir.  En esta petición del Padre Nuestro encontramos aquello que Jesús nos ha enseñado con sus Parábolas del Reino: que el poder  salvador de Dios no viene mágicamente, sino que requiere un proceso en el cual cada uno tiene que disponerse a soportar con paciencia las adversidades y las flaquezas propias y de nuestros prójimos (como dice una de las llamadas “obras de misericordia”), y a dejar que el Espíritu Santo actúe en nuestra vida para transformarnos positivamente con el poder de su amor.

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