Compartimos la homilía de Monseñor Gabriel Ángel Villa Vahos, desde la Catedral de Tunja, con motivo de la Misa en la Cena del Señor, hoy jueves santo, en el inicio del Sagrado Triduo Pascual.

Puede revivir la Eucaristía celebrada hoy en la transmisión de Telesantiago de Tunja, dando click en el siguiente link:

 

Click aquí para ver transmisión de la Misa vespertina del jueves santo.

 

Tunja, 06 de abril de 2023

“Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes, este es el cáliz de mi sangre que se derrama por ustedes. Hagan esto en conmemoración mía”. Nos reunimos como personas de fe para actualizar el día en que Nuestro Señor, antes de padecer y morir, nos ha dejado el memorial de su pasión, para alimento nuestro y para alcanzar vida eterna. Sí, hoy  actualizamos el modo como nuestro Señor Jesucristo ha querido que se perpetúe en la Iglesia su entrega por la humanidad. Lo que celebramos hoy y en cada Eucaristía no es un recuerdo, una mera representación, sino la actualización del acontecimiento redentor de Jesucristo.

Para comprender mejor el significado de esta celebración, la Iglesia nos propone tres lecturas y un salmo de respuesta. Los invito para que profundicemos:

La lectura tomada del libro del Éxodo nos da cuenta de todo lo que estaba previsto para la celebración de la pascua judía, pascua perteneciente a la Antigua Alianza. La salida anual se convierte en marcha hacia la libertad; la comida es un encuentro de hermanos que recuperan los lazos perdidos durante la esclavitud del pueblo en Egipto; la sangre los libra del exterminador. Esa pascua está cargada de espiritualidad, es una llamada a la unidad y a la solidaridad, a la vida de familia, por encima de los individualismos egoístas. Todos estos valores que Israel puso en aquel antiguo rito, nosotros los vemos plenamente realizados en el Misterio Pascual de Jesucristo, en su memorial, en la Eucaristía, porque es el Señor quien nos da el verdadero Pan del cielo.

El salmo proclamado es un salmo eucarístico. La respuesta del orante ante la misericordia de Dios no se deja esperar: alza la copa de la salvación, ofrece el sacrificio de alabanza, entrega su vida como liturgia, sus acciones identifican la mejor eucaristía y se compromete delante del Señor. Al proclamarlo nosotros hoy, manifestamos la alegría y el agradecimiento por haber sido liberados por entero del pecado, de la muerte, de la ley. Es la reconciliación definitiva otorgada por el Señor y actualizada en la Eucaristía.

La lectura tomada de la Carta de san Pablo a los Corintios, es el relato más antiguo acerca de la institución de la Eucaristía. Pablo ha recibido las primeras catequesis de labios de los que habían vivido los acontecimientos de la vida de Jesús, y pone en alerta a los fieles de Corinto para no desviar ni corromper esa tradición. Pablo no relata la institución de la cena del Señor como un episodio más del ministerio de Jesús, sino como el acontecimiento que une el pasado (la muerte del Señor) con el presente (el Señor vive) y lo proyecta al futuro (el encuentro definitivo con el Señor: hasta que Él vuelva). Es destacable la fórmula la “nueva alianza que se sella con mi sangre”, que nos indica que la antigua alianza ha sido superada, que se constituye el nuevo Pueblo de

Dios y que nosotros, sí nosotros, comenzamos a pertenecer a él. Por esta razón nosotros ya no celebramos la pascua con el sacrificio de un chivo o cordero. No celebramos el sábado, sino el domingo, el día en que actuó el Señor y en el que actualizamos su triunfo sobre el pecado y la muerte, con la Eucaristía.

En el Evangelio encontramos un gesto simbólico muy fuerte, con el que Jesús hace presente lo que ha significado toda su vida, de un modo especial, lo que significará su próxima muerte: un servicio a la humanidad. Al inclinarse al lavarle los pies a los discípulos, enseña lo fundamental que es el servicio para el auténtico discípulo. Pedro, al oponerse a que Jesús le lave los pies, no entiende que ha venido a ser servidor y quiere enseñar a sus discípulos a serlo. Pedro como otros, sigue esperando en Jesús un Mesías poderoso, victorioso por la fuerza. Pedro y los demás compañeros, comprenderán todo este gesto más tarde, en la resurrección y con la recepción del Espíritu Santo. 

En el Jueves Santo agradecemos al Señor: la institución de la Eucaristía, del sacerdocio ministerial y el mandato del amor, como distintivo del discípulo.

Eucaristía significa acción de gracias. Es la acción de gracias de Jesucristo al Padre, que en Él ha mostrado todo su amor por la humanidad. Es acción de gracias de la Iglesia que reconoce en Jesús el rostro de la misericordia del Padre y al celebrar la Eucaristía agradece su entrega generosa por la salvación de todos.

Los católicos debemos hacer un mayor esfuerzo por comprender y valorar en su verdadera dimensión el significado profundo de la Eucaristía. La no comprensión del significado y valor de la Eucaristía, puede llevar a muchos  a desentenderse de participar en ella con más frecuencia o por lo menos el domingo, el día del Señor. En ella somos alimentados con el pan de la Palabra y del Cuerpo y la Sangre del Señor. Puede pasar que se venga a la Eucaristía a esperar que se acabe o condicionados por el reloj o como ocurre en ocasiones, distraídos por el celular.

Cada Eucaristía es la pascua de Cristo, la fiesta de la vida y de la salvación. Ella debería ser siempre para nosotros una fiesta memorable y no una reunión aburrida y forzada para cumplir un deber. En la Eucaristía Jesús nos nutre, pues Él es el pan vivo bajado del cielo.

De otra parte, celebramos la institución del sacerdocio ministerial. El jueves Santo es también oportunidad para dar gracias a Dios por el don, el regalo del sacerdocio. Para confeccionar la Eucaristía Cristo previó la institución del sacerdocio ministerial. Al pedirles “Hagan esto en conmemoración mía” instituyó sacerdotes a sus discípulos. Tenemos, por gracia de Dios, un buen número de sacerdotes en nuestra Arquidiócesis que renuevan y actualizan el amor de entrega del Señor en la Eucaristía. Hoy más que nunca, ante las turbulencias de un mundo relativista y secularizado, los sacerdotes estamos llamados a la renovación de nuestra respuesta vocacional, a ser auténticos.

Nuestro ministerio no siempre es comprendido, las luchas que debemos enfrentar no siempre son fáciles, estamos en el mundo, pero no debemos ser del mundo. Hoy, muchos sectores de la sociedad nos cuestionan, nos investigan. Claro que reconocemos nuestras fallas y pedimos al Señor y a nuestros fieles perdón por nuestros errores, somos de carne y hueso y por esa razón necesitamos la oración de todo el pueblo de Dios, la comprensión y la solidaridad. Pero también es cierto que hay y los ha habido, muchos sacerdotes entregados, convencidos y sacrificados dando la vida por su pueblo.

El Señor hoy nos recuerda lo que será el distintivo de quien quiera ser su auténtico discípulo el mandamiento nuevo del amor: “en esto reconocerán que son discípulos míos si se aman los unos a los otros como yo los he amado”.

Pero es indispensable comprender el amor desde la perspectiva de Jesús, como entrega, donación total, superación de egoísmos. Es que el amor traído y pedido por Jesús es más que un sentimiento, una canción, un poema. Es la capacidad de salir de sí para ponerse al servicio de los demás. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Y Jesús lo ha cumplido con hechos. 

Nuestra sociedad contemporánea con variadas y agresivas propuestas quiere desviar y distraer a los pueblos tradicionalmente creyentes para que se desvinculen de sus compromisos religiosos en estos días santos. Parece haber una estrategia en la cultura occidental, para que los valores espirituales sean cada vez menos importantes para las nuevas generaciones. Basta observar cómo se ofrecen para estos días, paquetes vacacionales, actividades deportivas y culturales, juegos y diferentes espectáculos. No estamos afirmando que esas actividades sean malas ni tampoco descalificarlas. Podríamos preguntarnos, ¿las generaciones de hoy, en 20, 30, 40 años vivirán estos acontecimientos de fe o se habrán diluido en un mar de indiferencia o ahogados por propuestas de entretenimiento, ocio y cultura ajenos a la fe? ¿Lograrán su cometido las corrientes secularistas y relativistas o tendremos la capacidad para resistir estas violentas oleadas con cristianos convencidos y ejemplares?

La Cena celebrada por Jesús ocurre en un ambiente familiar, de comunión, así la concibe Jesús. Qué importante es que hoy también las familias puedan juntarse a celebrar la cena para recibir la enseñanza del Maestro. Necesitamos hoy familias formadas en la escuela de Jesús, que vivan en actitud de servicio, de entrega, de respeto mutuo, de comunión. Necesitamos familias que se reúnan en torno a la Eucaristía, que participen de la Eucaristía cada domingo, y de esta celebración obtengan la fuerza para continuar sus luchas de cada día. Familias que infundan verdaderos valores inspirados en Jesús y su mandamiento del amor. Sólo con familias que vivan los auténticos valores, inspirados en el amor de Jesús y en su Evangelio, podremos resistir los embates de este mundo, en muchos sectores, agresivo e indiferente a las cosas de Dios.

En la Eucaristía Jesús nos deja el testamento del amor, de la entrega. De cada Eucaristía que celebramos debe quedar el compromiso de ser cada vez: mejores obispos, mejores sacerdotes, mejores religiosos, mejores seminaristas, mejores esposos, mejores hijos, mejores servidores públicos, mejores estudiantes y trabajadores, mejores ciudadanos, en fin, mejores discípulos. Un católico que participa de la Eucaristía no puede ser indiferente ante el sufrimiento, el dolor, la tristeza, el hambre, la enfermedad de sus hermanos. La Eucaristía debe impulsarnos siempre a practicar las obras de misericordia.

Que María, Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, primer Sagrario donde se posó Jesús, interceda por todos nosotros para que acojamos con gratitud lo que el Señor nos ha entregado el jueves Santo: la Eucaristía, el Sacerdocio, el mandato nuevo del amor. Continuemos nuestra Eucaristía con la que aceptamos el mandato dado por el Señor a los Apóstoles y en ellos a la Iglesia de hacer esto en conmemoración suya. Amén

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