25 de julio de 2023 

“Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”. 

La invitación del salmista, no es sólo para indicarnos el honor y la gloria, la alabanza  y adoración que debemos dar a Dios; es una llamado, para que, constituyéndonos  en verdaderos discípulos misioneros, muchos puedan conocer, amar y seguir al  Señor.  

¡Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben! 

En el libro de los Hechos de las apóstoles, el autor sagrado nos ha presentado la  situación que vivía la Iglesia primitiva y el modo cómo vivían los apóstoles: alegres  de dar testimonio de Jesús resucitado, no obstante las dificultades, persecuciones  y prohibiciones de las autoridades civiles. Ya ellos habían comprendido el  significado de beber el cáliz del Señor. 

Los apóstoles tienen muy claro que antes que obedecer a los hombres deben obedecer a Dios. El mundo relativista y subjetivista quiere imponer hoy muchos  criterios de vida que van en contravía del mensaje de Jesús: las leyes que van en  contra de la vida, la ideología de género, las leyes que afectan la familia. También  hoy con convicción, nos tocaría decir que, ante muchos atropellos a la fe, debemos  obedecer sobre todo a Dios. 

Llegados al Evangelio, la petición de los hijos de Zebedeo, cobra un sentido especial  en razón del fuerte contraste con el pasaje anterior al que hemos apenas  escuchado, en el que Jesús les ha indicado a los apóstoles todo lo que le va a pasar  en Jerusalén: les había dicho “el Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos  sacerdotes, lo van a condenar a muerte, después de ser burlado, azotado y  crucificado y al tercer día resucitará” (Mt 20, 18-19). El camino de Jesús para  entregar su vida en provecho de muchos, contrasta de modo radical con la  búsqueda de puestos de honor que están pidiendo para estos dos discípulos.  Además de dejar en claro que la asignación de los lugares en el Reino compete  sólo a Dios, Jesús enfatiza el servicio como la verdadera grandeza de la comunidad,  y por lo mismo, su distintivo fundamental: el que quiera ser el primero que se a el  servidor de todos, el que quiera ser importante que se haga esclavo de todos, a  ejemplo del Hijo del Hombre, quien no vino a ser servido, sino a servir y a dar la vida  por la multitud (Cfr. Mt 20, 27-28). 

Los Apóstoles, sin comprender aún el Reino que Jesús estaba predicando e  implantando, se adelantan para buscar acomodo. Buscan asegurarse su puesto en  el Reino, el Reino que equivocadamente se imaginan, va a implantar Jesús.

Ese ambiente de búsqueda de honores, de puestos, de seguridades, de hacer  carrera, que ha denunciado el Papa Francisco, y que estuvo y ha estado presente  en muchos sectores de la sociedad humana y, lamentablemente también en nuestra  amada Iglesia. Pero Jesús sale al paso para corregir esa tentación: los que son jefes  de los pueblos los dominan, no ha de ser así entre ustedes. 

Tal como se los manifiesta Jesús, no saben lo que piden. Es que lo que piden, el  puesto para estar a la derecha o a la izquierda, se cumplirá de otra manera en el  momento sublime de la cruz. Allí estarán sólo dos malhechores viviendo el suplicio  junto al Maestro. Es que el único trono que Jesús puede ofrecer es el de la Cruz. Si  alguno quiere ser discípulo mío, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. 

Es también significativo el detalle de cómo los otros diez discípulos se fastidian e  incomodan con sus compañeros, y no precisamente porque ellos tuvieran claro lo  que implicaba seguir al Maestro, no porque estuvieran convencidos de la entrega y  el servicio al que los llamaba Jesús, sino porque se llenaron de envidia, porque se  les adelantaron, se les anticiparon y creían haber perdido la carrera para ocupar los  mejores puestos. 

Queridos hermanos y hermanas, celebramos, pues hoy pues, la fiesta de Santiago apóstol, hijo de Zebedeo, también conocido como Santiago el Mayor, quien fuera,  según diversos textos neo-testamentarios, uno de los apóstoles más destacados de  Jesús de Nazaret. Nacido probablemente en Betsaida, fue hijo de Zebedeo, y  hermano de Juan. Su maestro Jesús les puso el sobrenombre de «Boanerges» (Mc  3,17), que, según afirma el mismo evangelista, quiere decir «hijos del trueno» por  su carácter impetuoso 

El episodio narrado por Lucas, en que Santiago y su hermano Juan desean invocar  a Dios para que consuma a fuego una ciudad de samaritanos (Lc 9,54), hace honor  a este nombre, “hijo del trueno”. Santiago de Zebedeo pertenecía al llamado «círculo  de dilectos» de Jesús que estuvo con él en ocasiones especiales: en la resurrección  de la hija de Jairo, en la transfiguración y en el huerto de Getsemaní, donde Jesús  se retiró a orar en agonía ante la perspectiva de su pasión y muerte. También fue  testigo privilegiado de las apariciones de Jesús resucitado y de la pesca milagrosa  en el mar de Tiberíades.  

Los Hechos de los Apóstoles registra su presencia en el Cenáculo en espera orante  de la venida del Espíritu Santo (Hch 1,13). Finalmente Santiago es condenado a  muerte, como lo hemos escuchado en la primera lectura, fue pasado a cuchillo por  orden del rey de Judea Herodes Agripa I (Hch 12,2).  

Santiago apóstol representa al discípulo fogoso, intrépido, arrojado, que una vez ha  esclarecido lo que es el reinado de Jesús, ya no busca puestos, honores y  distinciones, sino sólo dar a conocer al Maestro y dispuesto a entregar la vida, como 

en realidad lo hizo, siendo el primero de los apóstoles martirizado, como testimonio  de amor a la Verdad, que es el mismo Cristo. 

Semejante patrono tenemos en nuestra Arquidiócesis, y esto nos debe llevar a un  sincero deseo de imitarlo, convirtiéndonos en decididos misioneros, auténticos  mensajeros de su amor, dispuestos a servir al Señor como lo hizo Santiago. 

Este año hemos estado empeñados en revitalizar nuestro trabajo evangelizador,  Dios quiera que sí lo estemos haciendo, como homenaje al apóstol, nuestro patrono. 

A Santiago y sus compañeros les dijo Jesús, vayan y hagan que todos los pueblos  sean mis discípulos. El Papa Francisco, desde el inicio de su pontificado, nos ha llamado también a una revitalización, a una nueva salida misionera. Hoy, en este  “vayan” de Jesús, están presentes la misión evangelizadora de la Iglesia y todos  estamos llamados a esta nueva salida misionera. Todos, laicos y ministros  ordenados, invitados a aceptar esta llamada: salir de la propia comodidad y  atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (EG 20). 

Continúa el Papa, ya no nos sirve una simple administración. Constituyámonos en  todas las regiones de la tierra en estado permanente de misión (EG 25).  

Como lo hemos escuchado tantas veces, en tantos contextos, la pastoral en clave  de misión pretende abandonar el cómodo criterio del “siempre se ha hecho así”.  Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, el  estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades (EG 33). 

Una forma habitual de la Iglesia para la evangelización es la catequesis. Y en el  contexto de esta fiesta arquidiocesana en honor de Santiago apóstol, queremos  reconocer y agradecer el trabajo misionero de nuestros y nuestras catequistas.  Hombres y mujeres que, enamorados de Jesús y de su Evangelio, sirven en su  comunidades para que, precisamente, Jesús sea conocido, seguido y amado. 

Recordemos que, por el bautismo, todos somos discípulos misioneros y, por lo tanto, todos debemos ser también catequistas. Ni el obispo, ni los sacerdotes, ni los  diáconos, ni las religiosos/as, debemos estar exentos de la labor catequética. No  obstante, tenemos en nuestras comunidades quienes se dedican de manera  especial y decidida a este servicio evangelizador y a ellos hacemos hoy nuestro  sentido reconocimiento, en el nombre del Señor y del evangelizador Santiago, apóstol. 

Queridos catequistas, no se cansen nunca de ser catequistas. Su labor, no es una  comunicación abstracta de conocimientos teóricos que hay que memorizar, como si  fueran fórmulas matemáticas o químicas, sino algo mucho más profundo. Es una  comunicación de fe, desde la propia experiencia personal del encuentro con Jesús.

Nos lo dijo el Papa Benedicto XVI, la iglesia católica no crece hoy por proselitismo,  sino por atracción, por contagio. En la medida en que vean un cristiano católico  convencido de su fe. 

En este servicio a la fe, no se trata de “dar la clase” de catequesis. La catequesis  no puede ser como una hora de clase, sino que es una experiencia viva de la fe que  cada uno de nosotros siente, con el deseo de transmitir a las nuevas generaciones el contenido de esa fe vivida. Cierto, tenemos que encontrar las mejores  modalidades para que la comunicación de la fe sea adecuada a la edad y a la  preparación de las personas que nos escuchan; sin embargo, es decisivo el  encuentro personal que tenemos con Jesús, para poder contagiar a aquellos. Solo  el encuentro interpersonal abre el corazón para recibir el primer anuncio y el deseo  de crecer en la vida cristiana con el dinamismo propio que la catequesis permite  poner en práctica. 

Queridos catequistas, y todos estamos llamados a ser catequistas, ustedes están llamados a hacer visible y tangible la persona de Jesucristo, que nos ama y por eso  se vuelve regla de nuestra vida y criterio de juicio de nuestro actuar moral. Queridos  catequistas, no se alejen nunca de esta fuente de amor, porque es la condición para  ser felices y plenos de alegría siempre y a pesar de todo. Esta es la vida nueva que  ha surgido en nosotros el día del Bautismo y que tenemos la responsabilidad de  compartir con todos, para que pueda crecer en cada uno, llevar y dar fruto. 

Damos gracias a Dios que nos ha permitido reunirnos hoy para celebrar esta fiesta.  Nos encomendamos a la protección de la Santísima Virgen María, Reina de los  Apóstoles, para que ella nos siga dando las mejores lecciones de discipulado  misionero. Que se haga efectiva para nuestra Arquidiócesis la protección del apóstol  Santiago, el intrépido, el decidido, el arrojado. Oh, Dios, que te alaben los pueblos,  que todos los pueblos te alaben. Amén.

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