El pasado 02 de agosto, Monseñor Gabriel Ángel Villa Vahos, presidió una Eucaristía con motivo del primer aniversario del fallecimiento de Monseñor Luis Augusto Castro Quiroga (q.e.p.d.). La ceremonia estuvo concelebrada por Monseñor Carlos Germán Mesa Ruiz, Obispo emérito de la Diócesis de Socorro y San Gil, y por un buen número de Sacerdotes de la Arquidiócesis de Tunja. También se hicieron presente familiares y allegados de Monseñor Castro. A continuación la homilía del Señor Arzobispo:

“Después que Moisés pidió a Dios que perdone al pueblo, aunque sea terco, Dios le  comunica una serie de leyes, muchas de ellas culturales, que subrayan la  exclusividad del Señor y advierten ante los peligros de la idolatría para la  convivencia con otros pueblos al llegar a Canaán. Dichas normas son la expresión  de la renovación de la alianza, que siempre remite al Decálogo como su expresión más englobante. Al descender Moisés de la montaña, después de haber estado en  contacto con Dios, su rostro se muestra resplandeciente, simbolizando así una  cercanía con el Señor, su papel de intermediario entre Dios y el pueblo, y reflejando  la autoridad de las leyes que transmite. 

El texto hace continua referencia al velo con el que Moisés se cubría la cara. San  Pablo, en la segunda carta a los Corintios (3,7-4,6), hace una interpretación  alegórica del velo de Moisés, para mostrar que, es imposible entender las  Escrituras, cuando no se ha quitado ese velo, el que sólo desaparece con Cristo. 

En el Evangelio, Mateo nos presenta un par de parábolas, con temas afines. Parábolas que hemos escuchado el pasado domingo. Las parábolas coinciden con  una idea, un hallazgo, un encuentro que lleva a una toma de decisiones. La  semejanza del Reino de los cielos nos es tanto con el tesoro, o con el comerciante,  sino a lo que ocurre cuando se descubre un tesoro. La semejanza entre las  imágenes del tesoro escondido y la perla de gran valor, refuerza la misma  enseñanza: el asombro ante la grandeza del Reino y la radicalidad que exige su  aceptación, y ante esto, el discípulo no puede quedarse indiferente. Frente al tesoro  del Reino de Dios hay que despojarse de todo para obtenerlo. 

Centro de la predicación de Jesús fue siempre la llegada e implantación del Reino  de Dios, y para explicar el significado y contenido de este Reino, nuestro Señor se  valió especialmente de parábolas, tales como la semilla de mostaza, la levadura, el  trigo y la cizaña, y estas que hemos acabado de escuchar, del tesoro escondido y  la perla fina. Reino que, como dice San Pablo, no es comida ni bebida, sino gozo y  paz en el espíritu. Reino que es la presencia en el mundo de la justicia, la  reconciliación, la paz, el amor. Reino que se hace palpable cuando desaparece el  odio, la mentira, la envidia, la infidelidad, y todo atropello a la dignidad de la persona. 

Con las parábolas del tesoro escondido y la perla fina, más que una invitación a  realizar acciones heroicas, hay una invitación a realizar una opción fundamental por  Cristo y su plan de salvación. Gratuidad divina y cooperación humana, se conjugan  en una misma dinámica: la realización del reinado de Dios en el mundo. 

En la oración dominical Jesús nos ha invitado a pedir la llegada de este Reino: venga  a nosotros tu Reino. Hallar algo de gran valor implica ponerse en movimiento, tomar decisiones, y esto pide renuncia a aquello que se oponga u obstaculice su  consecución. Y cuando se ha logrado, lo que produce ese hallazgo, ese encuentro  y quedarse con él, como lo ha expresado el Evangelio, es la alegría. Quien  descubrió el tesoro en el campo, lleno de alegría va a vender lo que tiene. Con razón  nos ha dicho el Papa Francisco que: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la  vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son  liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con  Jesucristo siempre nace e invita a los fieles cristianos para una nueva etapa  evangelizadora marcada por esa alegría” (EG 1). 

La Iglesia, continuadora de la obra de Cristo, está llamada a seguir anunciando el Reino de Dios y a denunciar todo aquello que se oponga a su realización en el  mundo. 

Monseñor Luis Augusto Castro, con su dedicación, su constante inquietud por hacer  comprensible el mensaje del Evangelio, su creatividad a través de anécdotas,  historias, quiso, como Cristo, explicar de manera sencilla, en parábolas, el contenido del Evangelio y la centralidad del Reino de Dios. Con ello nos ha dejado un legado  digno de acoger y asumir. 

Su trabajo fue en orden a la extensión del Reino de Dios, la pasión por la misión, el  servicio a los demás, el respeto por la persona, el cuidado de la vida como don  sagrado. La manifestación concreta de la llegada del Reino de Dios es la consolidación  de la paz. “Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de  Dios”. 

Monseñor Luis Augusto, al hacer su opción fundamental por Cristo y su Reino,  entendió que él, Jesús es el tesoro más precioso y la perla fina, por la que valió la  pena dejar atrás vanidades humanas, poder y riquezas, para dedicarse a anunciar  el Reino de Dios y su justicia. 

Todos nosotros también estamos llamados a revisar nuestra opción fundamental.  Jesús nos ha dicho, “dónde está tu tesoro allí estará tu corazón”. En este momento  de mi vida ¿cuál es mi tesoro? ¿Qué anida en mi corazón? ¿Cuáles son mis  intereses y preocupaciones? 

Al celebrar el primer aniversario de la pascua del apreciado y recordado Monseñor  Luis Augusto, hacemos memoria agradecida de todo su trabajo evangelizador,  representado en tantos proyectos y realizaciones que sólo pretendían hacer visible  la llegada del Reino de Dios. 

Su trabajo en favor de la paz como manifestación del deseo de hacer visible la  implantación del Reino de Dios, no estuvo exento de sufrimientos, incomprensiones,  malentendidos que muchas veces conservó en el silencio de su corazón. 

En un mundo cada vez más complejo, en este cambio de época al que estamos  asistiendo, más que nunca, debemos los bautizados, como discípulos misioneros hacer una opción fundamental por Cristo, como nos lo han pedido las parábolas del  día de hoy y estimulados por el testimonio de Monseñor Luis Augusto. 

Jesús pidió a los apóstoles, vayan y hagan que todos los pueblos sean mis  discípulos. Monseñor Luis Augusto, como legítimo sucesor de los apóstoles, acogió  con esmero este mandato del Señor, enamorándose de la misión y llevando a cabo  distintas iniciativas con el fin de contagiar a muchos en el espíritu misionero.  

Monseñor Luis Augusto, se adelantó a la solicitud del Papa Francisco, de una Iglesia  en salida misionera, en estado permanente de misión. 

Hoy, en éste “vayan” de Jesús, están presentes la misión evangelizadora de la Iglesia  y como nos lo repite el Papa Francisco todos estamos llamados a esta nueva salida  misionera. Sí, todos, laicos y ministros ordenados, invitados a aceptar esta llamada:  salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan  la luz del Evangelio (EG 20). Periferias no solamente geográficas sino existenciales.  Hoy necesitamos ir y hacer presente la llegada del Reino de Dios a los que sufren  sumidos en la soledad, los enfermos, los adicto-dependientes, las personas en  situación de calle, los encarcelados. 

El mejor homenaje póstumo que podemos hacer a Monseñor Luis Augusto es  acoger su testimonio de fe, de amor a Cristo y su empeño para darlo a conocer; su  amor a la Iglesia, la que siempre procuró defender; leer sus escritos y sacar de ahí las mejores lecciones para transmitir de la manera más sencilla y a la vez profunda  el mensaje del Evangelio. 

A María, la Madre del Evangelio viviente, la que tanto amó Monseñor Luis Augusto y que veneró como Nuestra Señora de la Consolata y del Milagro, le pedimos que  interceda para que esta nueva etapa evangelizadora a la que está llamada la Iglesia, sea acogida por todos. Ella que se dejó conducir por el Espíritu, en un itinerario de  fe, hacia un destino de servicio y fecundidad interceda por todos para que podamos  descubrir a Cristo, su Hijo, como el mayor tesoro y la perla fina por quien vale la  pena venderlo todo. Hoy fijamos en ella la mirada, para que nos ayude a anunciar  a todos el mensaje de salvación y para que todos nos convirtamos en auténticos agentes evangelizadores. Amén”

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