La fiesta de la Epifanía es una fiesta de adoración en la que cada uno de nosotros reconocemos y veneramos la grandeza de Dios. Así como los personajes del Evangelio lo adoraron, igual nosotros lo adoramos, porque Dios no es “algo” sino “Alguien”, no es una idea, es una persona; una persona que nos ama. Es el sentido último de nuestras búsquedas.

Adorar implica detenerse ante los signos de los tiempos del mundo y mirarlo con amor; quien mira la vida con amor comenzará a vislumbrar las huellas de Dios. Ese es el secreto: mirar al mundo con amor.  Si se mira el mundo con avaricia lo deseamos y no lo amamos; si lo miramos con desconfianza, nos protegemos de él, no lo amamos; si lo miramos con pesimismo, lo despreciamos y no lo amamos. Mirar el mundo con amor es mirarlo con confianza, descubriendo la presencia de quien lo creó y lo redimió. Todo lo verdadero, bueno, bello que hay en el mundo nos habla de Dios.

Así descubrimos que no estamos solos o perdidos en el mundo. Dios está presente y nos acompaña: a veces con un gran destello, a veces como una débil luz; pero desde que se encarnó, no falta la luz en el mundo; aunque las “tinieblas cubran la tierra”, el mundo exterior e interior están llenos del resplandor de Dios.

Dios se hace hombre para todos

Es un Dios que rompe nuestras barreras y está entre nosotros. El Papa Francisco recuerda frecuentemente que Dios es un Dios de todos, todos, todos y que la Iglesia tiene que estar abierta a todos, todos, todos. La fe no nos separa de los demás: nos une profundamente con todos los humanos, porque “nada humano nos es ajeno”.  En los textos bíblicos de hoy, los Magos representan a lo diferente, lo inusitado, lo desacostumbrado, lo extranjero… que en la contemplación y adoración del Niño se hace prójimo, se hacen nuestros hermanos.

Este es un desafío para los cristianos de hoy: abrir las fronteras de nuestras tradiciones, nuestras costumbres, nuestros intereses para hacer un lugar a quienes vienen de lejos buscando seguridad y bienestar, porque “también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”. El oro, el incienso y la mirra de nuestro tiempo son nuestras mentes y corazones abiertos que ofrecemos a Dios cuando acogemos a todos como hermanos.

Según el relato, María contempla la escena del encuentro y “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”. Le pedimos a ella que también nos mire a nosotros hoy y nos alcance la gracia de un corazón grande y acogedor. 

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