Hoy celebra la Iglesia la Solemnidad de la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo. 

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Queridos hermanos y hermanas, bienvenidos a esta Santa Misa, para celebrar la gran Solemnidad de la Epifanía, o manifestación del Señor. La fiesta de hoy, tiene en nuestra liturgia como protagonistas a unos magos de tierras extrañas que vienen a adorar al Mesías. Celebramos, en el Niño nacido de María, la manifestación del Hijo de Dios, el Mesías, luz de las naciones. Como los reyes magos dejémonos conducir también para adorar y celebrar con gozo al niño Jesús. 

 

Epifanía del Señor

Intentemos recorrer el camino de los Magos como si fuera una historia del alma.  El primer paso: “Levanta la cabeza y mira”. Lo escuchamos en la primera lectura (Is. 60, 1-6). Nos invita a salir de nuestros esquemas, a correr detrás de un sueño, de una intuición del corazón, a mirar más allá. El segundo paso: “caminar”.  Para encontrarse con el Señor es necesario hacer un itinerario, como un viaje, con inteligencia y con el corazón. Es necesario buscar, de libro en libro, pero sobre todo de persona en persona, gente que nos da el testimonio y nos lleva hasta el señor. El tercer paso: “Buscar juntos”. Los Magos no son “tres” sino “algunos”.  Son un pequeño grupo que mira en la misma dirección, explorando el cielo y poniendo la mirada en las criaturas, atentos a las estrellas y atentos unos a otros. El camino de los magos está lleno de tropiezos: 

  • Llegan a la ciudad equivocada.
  • Hablan del niño con el asesino de niños.
  • Pierden la estrella.
  • Buscan un rey y encuentran un niño, no en un trono, sino en los brazos amorosos de la madre.

Pero, no se rinden, tienen paciencia infinita para empezar de nuevo, hasta que sienten alegría de ver la estrella. Dios siempre seduce porque habla el lenguaje de la alegría.  Es así como después de Navidad celebramos hoy la segunda Epifanía, la segunda manifestación de Jesús como hombre nacido de mujer y como Hijo de Dios enviado por él al mundo.

 

Mateo es quien nos da testimonio de esta manifestación no a Israel, sino a todos los pueblos de la tierra, a las naciones, a los paganos, a esos hombres y mujeres que estaban “sin Cristo, ajenos a la alianza, sin esperanza en este mundo”. Por eso hoy nos maravillamos del anuncio que se nos hace: Jesús nació en Belén, es el Mesías de Israel que cumple las promesas hechas a sus padres, desde Abraham en adelante, es el Salvador de todos los hombres, de todos los pueblos, y trae bendición a todos. Se han cumplido las profecías sobre el nacimiento del Mesías: Cristo nació del linaje de David y nació en Belén de Judea. Las genealogías y los relatos del nacimiento de Jesús así lo atestiguan. 

 

El descubrimiento del nacimiento de Jesús lo hacen los magos, sabios del lejano oriente. La Biblia llama a estas personas que no son israelitas, paganos. Son personas que no pertenecen a la alianza con el Dios de Israel, privadas de la revelación de la palabra del Señor contenida en las Sagradas Escrituras. Los sabios de oriente, escudriñando este mundo, este cielo y tierra, tanteando la ruta y después de un largo recorrido, llegan hasta el niño.

 

Necesitaban recurrir a Israel, para llegar a su verdadero destino, al niño Señor del mundo. Para ellos hay un rastro de investigación que se adapta a su situación: una estrella en el cielo. ¡Atención! El cielo no es dios ni es divino, es una criatura de Dios, al servicio de Dios, pero puede ser un signo, puede dar una orientación a seguir. Estos sabios son buscadores, gente capaz de partir, de no quedarse encerrada en sus esquemas, de no conformarse con sus horizontes. Parten, emprenden un viaje, siguiendo la estrella, sin saber dónde podría llevarlos.

 

Cuando llegan a Jerusalén, la estrella desaparece, mostrando a los magos su insuficiencia: el libro de la naturaleza, del cosmos no es suficiente, y por eso tienen que hacer más preguntas. ¿Por qué preguntan por el nacimiento de un rey? ¿Cómo saben que los judíos están esperando un rey? ¿Por qué dicen que llegaron tan lejos para “adorarlo” como si fuera Dios? Solo nos dice que los magos siguieron un “astro”, un signo inscrito en el cielo estrellado y que no buscaron en el cielo sino en la tierra cuál podría ser su destino: no se inclinaron para adorar a la estrella, sino que estaban listos para adorar a quien anunció la estrella.

 

En Jerusalén, hacen preguntas a los que han recibido la revelación, con la creencia de que pueden saber lo que ellos todavía no saben. Sin embargo, se dan cuenta que sus preguntas son inquietantes, especialmente en el rey Herodes. Ante la noticia del nacimiento de otro rey, Herodes, con mentiras e hipocresía dice que quiere adorar al niño. No les cuenta sus intenciones asesinas.  

 

La estrella que los acompañaba reaparece, como para profetizar que el libro de la naturaleza y el de la palabra de Dios concuerdan y son unánimes en la convergencia hacia el niño Jesús. En la gran alegría de esta revelación, llegan a la casa y encuentran al niño con María su madre. Este es el momento cumbre: se ponen en adoración. Le ofrecen a Jesús sus dones más preciados, cumpliendo así las profecías sobre la peregrinación escatológica de todos los pueblos, que vendrían desde los confines de la tierra para adorar al Señor: El oro que solo los reyes pueden recibir, el incienso ofrecido a Dios en la liturgia, la mirra, medicina de la vida para siempre.

 

En esa hora cayó el muro levantado entre el cielo y la tierra, cayó el muro que nos colocaba de un lado e Israel de otro, cayó el muro de la enemistad y se hizo posible ser un solo cuerpo. Desde esa hora, el acceso a la alianza, a la comunión con Dios, a la fraternidad con Jesucristo quedó abierto para todos. Es una buena noticia para todos, de verdad para todos: nadie está excluido y la acción de gracias se vuelve universal, por parte de todo el orbe terrestre y de todo el cosmos.

 

Epifanía, manifestación desde lo alto, revelación al pueblo de ese niño nacido de María. El pueblo, con su búsqueda de Dios tiene una orientación para encontrar el sentido: ¿lo encuentran en el cielo? ¿en la tierra?¿en sus convicciones? Los cristianos respondemos a estas preguntas con franqueza: sí, lo pueden encontrar, porque la Palabra de Dios no está más allá de los mares, de los confines de la tierra, sino que está cerca de cada ser humano. Solo es necesario escucharla y ayudarnos unos a otros a discernirlo: nosotros, la Iglesia, el pueblo, debemos ayudarnos unos a otros, porque todos somos buscadores, todos peregrinos, todos mendigos de la Verdad.

 

Dios no sólo se ha hecho como nosotros, sino que es pequeño entre nosotros. ¿Has encontrado al Niño? Busca de nuevo, con atención, en los libros, en el arte, en la historia, en el corazón de las cosas. Busca sobre todo en el Evangelio. Busca en la estrella, en las personas y en la profundidad de la necesidad de esperanza. Busca con cuidado, explorando en la hondura del cielo y del corazón. Ayúdame a encontrarlo y vendré, con mis pequeños regalos y con toda la fuerza del amor de mi amor, a adorar al Niño Dios y proteger mis sueños del alma de todos los Herodes de la historia y del corazón. En fin… Epifanía, manifestación del Señor. Es un gran misterio, del que solo el Señor puede hacernos participar. Nos corresponde buscarlo y encontrarlo. Las pistas están dadas. 

 

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Lecturas de la semana

Lunes

BAUTISMO DEL SEÑOR: Primera Lectura: Is 42, 1-4. 6-7 o Hch 10, 34-38. | Salmo 28, 1b y 2.3ac-4.3b. y 9c-10 | Evangelio : Mt 3,  13-17.

Martes 

Santísimo Nombre de Jesús: Primera Lectura: 1Jn 2, 29-3,6 | Salmo: Sal 97, 1. 3cd – 4.5-6. | Evangelio: Jn 1,  29-34.

Miércoles

Primera Lectura: 1 Jn, 43-51 | Salmo: Sal 99, 1-2.3.4.5. | Evangelio: Jn 1, 43-51.

Jueves

Primera Lectura: Heb 3, 7-14. | Salmo: Sal 94, 6-7c.7d.9.10-11. | Evangelio: Mc 1, 40-45.

Viernes

San Hilario, Obispo y doctor de la Iglesia: Primera Lectura: Hb 4, 1-5.11 | Salmo: Sal 77, 3 y 4bc.6c-7.8 | Evangelio: Mc 2, 1-12

Sábado

Bienaventurada Virgen Maria: Primera Lectura:Hb 4, 12-46 | Salmo: Sal 18, 8.9.10.15. | Evangelio: Mc 2,13-17.

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