Reflexión domincal 09 julio

En este texto del Evangelio según san Mateo encontramos tres elementos para nuestra reflexión. Tratemos de aplicar a nuestra vida estos tres temas, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas.

Jesús alaba a Dios por revelarse a las personas sencillas y humildes.

“Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”.  Esta misma exclamación de Jesús sucede después del regreso de los 72 discípulos que Él había enviado a predicar, cuando ellos le contaron cómo habían podido vencer los poderes del mal.

En el evangelio de hoy, el contexto corresponde a la respuesta que Jesús les dio a los seguidores de Juan Bautista cuando le preguntaron si era el Mesías esperado, y Él les contestó: “Vayan y díganle a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan , los leprosos quedan limpios de su enfermedad, los sordos oyen, los muertos vuelven a la vida, y a los pobres se les anuncia la buena noticia” .  El mensaje central es que Dios se les muestra como un Padre misericordioso a quienes tienen una actitud de “pobres”, (es decir, reconocen su necesidad de salvación), y lo que Cristo les revela son los hechos liberadores en los que se manifiesta su Reino, que es el poder del Amor.

Para reconocer estos hechos se necesita una disposición opuesta a la arrogancia de los sabios y entendidos, que creen poder explicarlo todo por sí mismos y por eso no pueden tener una verdadera experiencia de Dios. Así se refiere Jesús a los doctores de la Ley que oprimían al pueblo con leyes basadas en el temor, muy lejanas del reconocimiento del Dios clemente y compasivo, lento a la cólera y rico en piedad, bueno y cariñoso con todas sus criaturas, al cual se refiere el salmo.

“Todo me lo ha entregado mi Padre, nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar”

Cinco veces aparece el término Padre en el Evangelio de hoy.  La novedad y la esencia de la buena noticia proclamada por Jesús, es precisamente que nuestro Creador es un Padre compasivo y misericordioso.

A Dios no podemos conocerlo tal como es sólo por nuestra propia inteligencia, no podemos tener una experiencia vital de Él únicamente con nuestro propio esfuerzo, sino que es Él mismo quien se nos da a conocer en la persona de Jesucristo y por la acción de su Espíritu Santo.  Este mismo Espíritu habita y actúa en nosotros, como dice san Pablo, cuando lo que rige nuestra existencia no es lo material y exterior (“la carne”), sino que abrimos humildemente nuestras mentes y corazones a una vivencia interior de Dios: “Ustedes no están sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes”.

“Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré; carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”.

La actitud de mansedumbre y humildad que caracteriza a Jesús y contrasta con el talante de violencia y arrogancia propio de los poderosos de la tierra, había sido anunciada 550 años antes por el profeta Zacarías, quien se refirió al Mesías con la imagen que nos presenta la primera lectura, la misma que presenta el evangelio de san Mateo al relatar la entrada de Jesús a Jerusalén: “Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno”.

Los “doctores de la Ley”, contemporáneos de Jesús y de los inicios del cristianismo, imponían cargas pesadas sobre la gente, que se sentía agobiada por el peso de tantas normas, de tanto legalismo y ritualismo.  Habían convertido la religión en un conjunto de prácticas externas desligadas de lo esencial, vacías de espíritu, de amor, de Dios.  Jesús se presenta como el Maestro paciente y cercano que, sin imposiciones autoritarias, sin humillar a los demás como lo hacían aquellos “doctores”, nos invita a reconocer a Dios como un Padre compasivo y a vivir la ley interior del amor, para lo cual Él mismo nos ofrece la comunicación de su Espíritu.  Abramosle espacio en nuestras mentes y corazones al Espíritu Santo, para que nos disponga a dejarnos enseñar por el único Maestro que puede guiarnos hacia una experiencia vital de Dios: nuestro Señor Jesucristo.

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