Un día cualquiera, Jesús reunió a los Doce. No fue en el templo, ni en un acto solemne. Los llamó en medio del camino. Les entregó una misión y una consigna desconcertante: “No lleven nada para el camino: ni pan, ni alforja, ni dinero…” (v. 8).

Los envía de dos en dos. No por estrategia, sino por comunión. El que evangeliza no lo hace como llanero solitario, sino como hermano. Uno consuela cuando el otro duda. Uno anima cuando el otro desfallece.

Y les dice: “Quédense donde los reciban. Si no los escuchan, sacudan el polvo de sus pies…” (v. 10-11). Es una pedagogía del desapego. El evangelizador no busca resultados, sino fidelidad. No está atado a la aceptación, sino al testimonio.

Imagínate la escena: Pedro, con su ímpetu; Tomás, con sus preguntas; Juan, con su ternura… recorriendo aldeas, hablando de un Reino distinto, curando enfermos, proclamando la paz. Sin nada… pero con todo. Porque quien lleva el Evangelio lleva la esperanza misma de Dios.

¿Y hoy? ¿Quiénes son los enviados? Tú, yo, los laicos, los jóvenes, los consagrados, los matrimonios. En la Arquidiócesis de Tunja, cada bautizado es misionero. Y muchos lo hacen así, confiando solo en la gracia: visitando enfermos, formando niños, sosteniendo la fe en pueblos apartados.

Aplicación pastoral:

¿Podemos volver al estilo de misión en pareja o en comunidad? El anuncio compartido es más fecundo.

Organicemos pequeñas visitas pastorales a veredas, ancianatos, cárceles.

Formemos a los laicos para que evangelicen sin miedo. No necesitan títulos, sino ardor.

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