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pongamospImaginémonos un edificio de cuatro pisos. Arriba, en el piso más alto, está lo más importante. En términos de paz, en estos días se nos da a entender que lo más importante es la política, ya la del Estado, ya la de tantos candidatos a las corporaciones públicas.

Muy cerca del estado, en el tercer piso, se encuentra la economía porque todo sumado el asunto de la paz y de la justicia requiere ingentes millones. Después podemos colocar, en el segundo piso, a las fuerzas armadas y a la policía porque la ausencia de paz se debe a que llevamos cincuenta años de guerra. Ahora, si tú no eres político o empleado estatal, si tú no tienes en tu poder la economía, si no hacer parte de las fuerzas armadas, pues acontece que bien poco te puede comprometer personalmente la paz, pues se trata sencillamente de apoyar lo que los otros hacen. Queda todavía un piso, el primero, el más humilde.

 

Ahí estás tú, colaborador de la paz, ayudante de los demás, con la sencillez de tu humanidad. Pero pongamos las cosas patas arriba o mejor, pongámoslas al derecho y como debe ser. Entonces, el primer piso pasa a ser el más importante. No es el edificio de lo político, de lo económico, de lo militar. Es el piso de lo humano, de la calidad de la vida, de las relaciones humanas, del perdón que nace del corazón, de la reconciliación verdadera. El Estado se ha gastado cincuenta años para encontrar la paz y no lo ha podido hacer.

La economía vivida dentro de un marco de acumulación de bienes por parte de unos pocos y de fuerte exclusión de los más débiles, sólo ha servido para echarle leña al fuego; las fuerzas militares han logrado grandes triunfos pero no  nos han podido dar la paz que, entre otras cosas, no es simple ausencia de guerra. Toca ahora, que el primer piso pase arriba. Es el piso de lo  humanitario. Cincuenta años de guerra nos han hecho perder humanidad no sólo a las víctimas con la violencia sufrida y a los victimarios con la violencia ejercida contra los demás, sino a todos nosotros. Sin darnos cuenta, nos hemos acomodado a un clima que no es del todo humano; hemos aceptado, casi sin darnos cuenta, que el valor de la vida se puede devaluar, hemos considerado que en definitiva la venganza es más que justa, y como en río revuelto ganancia de pescadores, hemos buscado de sacar provecho ilícito de todo ello. Pero entonces, hay que empezar por cambiar la manera de percibir la realidad; la manera de percibir al hermano descubriéndolo como hermano, la manera de percibir las relaciones humanas, la manera de percibir a Dios. Somos como el adolescente que en su lucha contra sí mismo, empieza a ver enemigos por todas partes, empezando por su misma familia.

Es hora de descubrir la riqueza de cuantos nos rodean, la ganancia del diálogo entre nosotros, el valor enorme de la solidaridad y, en definitiva, la fraternidad universal: todo hombre es mi hermano. Es hora de darnos cuenta que el mundo en que vivimos puede y debe ser muy diferente, no marcado por la agresión sino por el respeto, por la sensibilidad ecológica, por el inmenso cuidado de los niños, por el valor definitivo de los hogares. Todo esto es construir la paz de verdad. Las otras paces, cuando dejan de lado éste que es el piso decisivo, terminan haciendo un hueco en el agua porque los diálogos se vuelven de poder, de lucha por obtener ventajas jurídicas y económicas, por lograr intereses personales y a veces mezquinos.

Ahora, el piso cuarto es el nuestro. Eso no significa cometer la tontería de despreciar los otros pisos, ellos son un soporte necesario. Pero no les entreguemos la tarea de la verdadera paz que está en nuestras manos y no exige demasiado ruido, ni demasiadas vallas, ni demasiados compromisos. Exige, sí, que cambiemos de percepción. Estamos rodeados de hermanos, no de enemigos y aquéllos que han sido los enemigos, busquemos no de anularlos sino de promoverlos para que lleguen a ser también hermanos. Bien podemos decir, que es hora de empezar a inventarnos la paz, el lenguaje de la paz, la música de la paz, las metáforas de la paz y todo aquello que hace que logremos construir una nueva cultura de la paz. No se trata de descubrir la paz que está por ahí escondida. Se trata de hacerla, en su novedad, en su originalidad. George Orwell, escribió astutamente que las grandes máquinas de propaganda del siglo XX nos presentaron la paz como guerra y la guerra como paz. Nuestro siglo XXI amplificó todo ello.

Y nos convencimos de la necesidad de la guerra y se multiplicaron los ejércitos privados y los delincuentes organizados. Además, los verdaderos actores de la paz quedamos devaluados y la paz se volvió un asunto del cuarto piso. Pero, dándole la vuelta a la torta, nos descubrimos verdaderos actores de la paz, inventores de la paz y no hay necesidad de que nos la presenten ya hecha, porque la paz la inventamos entre todos en la medida en que somos más hermanos que se aman y menos lobos que se despedazan y ponemos a trabajar la imaginación, el optimismo y el corazón. La paz la inventamos entre tú y yo y todos los demás, sin excluir a nadie, y con la luz de lo alto que, si la pedimos, nos  llena de sabiduría.

Mons. Luis Augusto Castro Q. Arzobispo de Tunja

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