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diosypazSueña Dios con una Colombia donde la justicia y la reparación tengan como efecto la reconciliación?

No, de ninguna manera, aunque ésta es la manera habitual de pensar de los colombianos. Si se me hace justicia plena, tal vez esté dispuesto a perdonar; si se me da la plena reparación, tal vez acepte la reconciliación. Sin embargo, hay muchos argumentos para decir que primero es la reconciliación y luego sí la justicia y la reparación. Ofrezco un ejemplo y dos razones y con ello concluyo.

 

 

Ejemplo. Mucho antes de que en Sudáfrica se hiciese justicia, eliminando el apartheid, ya se respiraba un aire de reconciliación traducido en esperanza de que muy pronto tendría lugar la salida de la cárcel de Nelson Mandela y de todos los oprimidos. Ese nuevo clima de reconciliación, que primero se forjó en el corazón de Mandela, favoreció todo lo que vino después en esa región en términos de verdad y de justicia, y facilitó el paso de un sistema racista a un sistema democrático sin derramar una gota de sangre. Cuánto le agradecen a Mandela hoy esta actitud.

Ese nuevo clima de reconciliación permite considerar desde otros ángulos las soluciones habituales, permite que se arriesguen nuevas fórmulas de solución, permite que brote una apertura diversa hasta ahora no pensada. Este nuevo clima permite una mejor atención y más aguda sensibilidad al dolor de las víctimas y una mayor disponibilidad a decir la verdad por parte de los victimarios.

Primera razón: La fórmula “primero justicia y luego reconciliación” es casi imposible porque cuando se habla de justicia antes del perdón, se entiende estricta justicia o, dicho en otros términos, la mayor justicia posible.

Pero el derecho romano advierte que la máxima justicia fácilmente se convierte en la máxima injusticia. Summum ius, summa iniuria: La máxima justicia, la máxima injuria. Lo decía también Juan Pablo II: La justicia que es sólo justicia, bien pronto deja de ser justicia. Para que sea verdadera justicia debe estar acompañada de algo que es más que justicia y se llama misericordia. Pero hablar de misericordia es entrar en un clima diverso, en un clima de reconciliación.

El juicio de Nuremberg dejó un mal sabor porque al querer aplicar la máxima justicia se dio la sensación de que se buscaba simplemente la venganza. Los hijos de los nazis condenados suplicaban sólo una cosa, que sus papás fuesen fusilados, nada más. No se les aceptó porque esa no era la máxima justicia. Fueron ahorcados. Las víctimas, si no están atentas a sus sentimientos y exigencias de máxima justicia, fácilmente se transforman en victimarios. [1]

Segunda razón. Si yo me limito a exigir justicia sin reconciliación, aún si la justicia fuese plenamente satisfecha, aún si se rectificasen los errores pasados, eso no garantiza una  comunión nueva, una nueva relación humana sana y pacífica. En este caso, no hay humanización para ninguno de los dos, ni para la víctima resentida ni para el victimario en cierta forma animalizado.

La víctima quedará siempre víctima lo cual es horroroso como lo es también que el victimario quede siempre victimario. No hay que perder de vista que no se trata simplemente de resolver problemas políticos, problemas de poder o problemas económicos sino problemas   de humanización, de recuperar la humanidad perdida con la violencia recibida o con la violencia propinada.

Una verdadera comunión, una humanización cierta acontece cuando se ofrece el perdón como un don, jamás como una obligación exigida por el hecho de que se hizo justicia.  Es un don de la víctima al victimario, un don que brota de la magnanimidad, de la grandeza de ánimo, un don a veces sufrido como el de Jesús en la cruz, no un trueque necesario, casi comercial.

¿Se imaginan a Jesús en la cruz diciendo: “Primero que se me haga justicia plenamente, y luego sí los perdono”?. Lo primero que hizo fue perdonar y crear no sólo un clima de reconciliación sino un hecho de reconciliación salvadora por el cual le damos gracias.

Mons. Luis Augusto Castro Q.

Arzobispo de Tunja

[1] Ofrezco una razón más: La fórmula “primero estricta justicia y luego reconciliación” es casi imposible, pero aún si fuese posible, la estricta justicia no siempre es aconsejable. En la Biblia se habla de la ley del talión. Si el otro me rompió un diente, debo romperle su diente. Es una manera de evitar una venganza sin fin. Pero sucede que yo no quedo contento con el diente del otro, porque la ofensa no fue solo a mi diente sino a mi persona, a la máxima dignidad de mi ser. De manera que el otro merece un castigo que vaya mucho más allá de su puro diente.

Con facilidad entramos en el campo no del puro diente sino de la pura venganza y la venganza nos lleva a las acciones más impensadas. Con razón san Pablo decía a los romanos: “No tomen venganza ustedes mismos; sino dejen que Dios sea quien castigue” (Rom 12,10).  Si se acepta que la venganza no sea tan estricta, entonces se ha entrado, al menos un poco, en la forma de perdón y reconciliación.

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