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Urgen testigos de la misericordia Hace ya muchos años se realizó un experimento cuyos resultados continúan siendo válidos.
Un hombre de bien, correcto en su actuar según las normas civiles, caminaba por una calle, cuando desde la oscuridad alguien gritó pidiendo ayuda. Era una mujer clamando que había sido violada.
Cerca de la escena estaban otras dos personas que también hacían parte del experimento. Como se les había indicado, estas dos personas se hicieron las sordas a los gritos de la mujer y siguieron su camino, como si nada hubiese sucedido.
Al principio, el hombre de bien se sintió en duda, no sabía si ayudar o no ayudar. Pero cuando vio que las otras dos personas actuaban como si nada malo estuviese sucediendo, decidió que los gritos lanzados pidiendo ayuda eran insignificantes y también siguió su camino como si nada estuviese sucediendo.
El experimento se realizó muchas otras veces y la conclusión a que se llegó fue que nuestra respuesta a los llamados de ayuda de otra persona con frecuencia está determinada por la forma como los demás responden.
En otras palabras, en una situación donde se requiere compasión y valentía, la persona más importante es la primera que actúa. Cuando ésta persona actúa, las demás están inclinadas a responder de la misma manera.
Cuando la respuesta de la primera es de compasión pues muy bueno si influye en las demás. Los hombres que llevaron a una mujer sorprendida en adulterio donde Jesús, para que él dijera si debían apedrearla o no, se vieron frente a una indicación del Maestro: “El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”
Un hombre, el primero, tal vez el más sensato, el de más compasión, el de mejor sentido humanitario, dejó caer a sus pies, la piedra que ya tenía en la mano. Ello sirvió para que todos los demás hicieran lo mismo y se retiraran sin hacerle daño a la acusada.
El evangelio, sin embargo, no nos pide que esperamos a ver qué hacen los demás, sino que seamos los primeros en responder cuando de compasión y de ayuda se trata.
Por eso, cuando el doctor de la ley le preguntó a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Él respondió de inmediato según el corazón de Dios, reflejado en el buen samaritano.
Si otro se adelanta a responder no según lo que nos pide el Evangelio, no nos dejemos influenciar, como se dejó influenciar el hombre de bien del experimento y no salió con nada.
El sacerdote de la parábola por diversos motivos de culto o seguridad, de miedo o de egoísmo, no se paró a ayudar al herido. El levita seguramente no se paró porque el sacerdote que pasó primero, no se había parado.
El samaritano no se dejo influenciar por los anteriores. Se paró a ayudar al herido medio muerto en el camino porque ese era en ese momento el prójimo necesitado.
Respondamos, no según actúe el primero que veamos, sino según aquél que nos ha dado ejemplo de entrega a los demás y nos ha enseñado a amar al prójimo como él mismo lo amó: Jesús.
En nuestro país con sus cincuenta años de guerra, podemos estar bastante anestesiados para responder según el Evangelio que nos habla de misericordia. Todos gritamos justicia, algunos gritan paz pero muy pocos se atreven a hablar de misericordia.
Juan Pablo II se preguntaba: ¿qué puede detener el avance del mal? Sólo la divina misericordia puede detener el avance del mal, la prepotencia de los malvados y el poder destructor del egoísmo y del odio. Esa misericordia divina se hace ver y actúa en los testigos de la misericordia.
Urgen genuinos testigos de la misericordia divina. Por eso, mira primero a Jesús y no te dejes influenciar de los miles de personas que no quieren saber de la misericordia.
Mons. Luis Augusto Castro Q.
Arzobispo de Tunja
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